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En las torsiones podemos ver a Dios

En una torsión sencilla podemos vivir el Yoga intensamente.

Imagina Parsva Svastikasana.

Es muy fácil de ejecutar, accesible a cualquiera (en suelo, con mantas o una silla), pero hay un montón de acciones que podemos activar y ver a la divinidad.

En una torsión podemos elegir dos formas geniales de hacerla.

Una es girando sin parar, queriendo que la torsión sea infinita, ilimitada, que vaya abriendo más y más espacios. Es perfecta, me encanta.

En la otra giramos hasta nuestro punto máximo inicial, paramos y observamos. Es perfecta, me encanta.

Los mecanismos internos activados en una torsión son acelerados por la observación. Es entonces, cuando el camino entre la piel y el corazón puede recorrerse.

Cuando observamos las aperturas y movimientos que se van dando paso en el presente de la torsión, el camino empieza a ser interno. Las acciones de esa torsión van despertando al ser infinito interior y, en ese momento, nos comunicamos con todo lo que se compone el universo. El amor se abre paso y ya no se estiran los erectores de la columna, sino que vibran con la presencia de nuestra alma.

Esta es la capacidad que tiene el Yoga de envolvernos y devolvernos nuestro Yo más claro. Y no ves colores, ni formas. Ni quieres convencer a nadie de lo que sientes. Ni te vistes de blanco o te dejas barba. No necesitas llevar un Mala en el cuello, ni si quiera pensar en lo que es espiritual.

Porque la experiencia directa de nuestra forma real es tan natural que no requiere nada más.

En cada una de las opciones de la torsión despertamos a la divinidad.

Es cierto que en una es más fácil que metamos el ego, la parte que no busca en el Yoga la transformación interna final y que opta por querer más de algo que es ilógico querer más: es como estar en el océano y querer más agua.

En la otra podemos mecernos en las aguas de ese mismo océano.

Pero la gracia final, la chispa final de la torsión es ser el océano, ser lo divino.

Puede que pienses que es algo mágico, reservado a unos pocos, o que estoy exagerando o simplemente filosofando.

Pero es una experiencia concreta, infinita y brillante.

Si ‘eres’ la torsión, no querrás más agua, no querrás más giro o menos o más de nada, porque simplemente obtienes la experiencia intensa y vívida del Yoga.

Gira, observa. No queremos nada más. Ahí está la experiencia del Yoga.

Y solo nos queda una pregunta: si puedo hacer esto en algo tan sencillo como Parsva Svastikasana y ver a la divinidad, ¿puedo llevarme esta sensación a las demás posturas?

Esa es la respuesta que nos contestamos con la práctica.

La intención lo es todo.

Sé el océano.


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