Cómo aprendemos Yoga (y por qué saber más no siempre nos ayuda)
Hola, Sadhakas, ¿qué tal?
Hace unos días, durante una tutoría, una alumna planteó algo que me pareció muy interesante.
Me contaba que estaba siguiendo las clases de otra profesora de la escuela y que su manera de enseñar le estaba rompiendo algunos esquemas. Ella venía de una metodología muy ordenada, muy estructurada, en la que las clases seguían siempre una secuencia bastante reconocible: primero una preparación respiratoria, después una preparación cervical, luego un trabajo postural determinado, meditación y, finalmente, relajación.
Era un método que conocía bien. Un método con el que había aprendido y que, además, le había funcionado durante muchos años.
Pero de repente empezó a encontrarse con otra manera de hacer las cosas. Otra forma de utilizar los soportes. Otra manera de secuenciar. Otras indicaciones. Otros ritmos. Incluso otra manera de entender una postura tan conocida como Savasana.
Y es que casi todos, sin darnos cuenta, aprendemos Yoga sumando: esta escuela, esta técnica, este truco de aquel profesor. Vamos coleccionando piezas sueltas. Y un día miramos todo lo que sabemos… y seguimos con la misma sensación de no acabar de avanzar.
Porque aprender Yoga no consiste en acumular métodos, sino en ampliar nuestra comprensión sin perder criterio.
Entonces, ¿qué le pasaba a esta alumna? Pues que todo eso le estaba provocando cierta extrañeza. No una extrañeza negativa, al contrario: ella misma decía que creía que le venía bien que le rompieran los esquemas. Pero, al mismo tiempo, aparecía esa sensación que todos hemos tenido alguna vez cuando entramos en contacto con una enseñanza diferente: «esto no es como yo lo había aprendido».
Y creo que ahí comienza una reflexión muy importante. ¿Cómo aprendemos Yoga? ¿Qué hacemos con todo lo que nos han enseñado? ¿Qué ocurre cuando un nuevo profesor, una escuela diferente o incluso nuestro propio cuerpo contradicen algo que hasta ese momento considerábamos indiscutible?
Nadie aprende Yoga en abstracto
Porque todos empezamos aprendiendo de alguna manera concreta. Nadie aprende Yoga en abstracto. Aprendemos con un profesor determinado, dentro de una escuela determinada, en una época determinada y, además, desde el cuerpo y las circunstancias vitales que tenemos en ese momento.
Quizá aprendemos que las posturas se hacen siguiendo un orden concreto. Que primero hay que realizar todas las posturas de pie y después todas las sentadas. Que una extensión hacia atrás debe ir seguida inmediatamente por una flexión hacia delante. Que Savasana siempre se hace con los ojos cerrados. Que para entrar en una postura hay que seguir unos pasos exactos. Que los soportes deben utilizarse de una manera determinada.
Y no hay nada malo en eso. Necesitamos aprender de una manera. Necesitamos una estructura, un vocabulario y una dirección. Cuando alguien empieza, no podemos decirle simplemente «haz lo que sientas». Eso no sería libertad. Sería abandono.
Para poder soltarnos de una estructura, primero necesitamos haberla conocido. Para poder improvisar, primero necesitamos tener algo desde lo que improvisar. Para poder cuestionar una enseñanza, primero tenemos que haberla estudiado, practicado y comprendido.
Yo mismo he podido alejarme de las escuelas porque he estado profundamente dentro de una escuela. He podido cuestionar algunas normas porque durante años las estudié, las practiqué, las repetí y traté de comprenderlas. No estoy fuera de las escuelas porque no crea en ellas. Estoy fuera de ellas, en cierto modo, porque he estado dentro.
Una metodología fuerte puede darnos unas raíces muy profundas. El problema comienza cuando confundimos esas raíces con el bosque entero.
Construir esas raíces —empezar por el principio, con orden y sin huecos— es justo lo que hacemos en el Curso de Yoga para Gente Normal.
Un método es una ventana
Porque una escuela de Yoga es una forma de mirar el Yoga. No es el Yoga completo. Un método es una ventana. Nos permite ver el paisaje desde un lugar determinado, nos muestra cosas que quizá no habríamos visto sin esa ventana, nos enseña a observar ciertos detalles, a utilizar unas palabras, a distinguir unas acciones y a reconocer una determinada lógica dentro de la práctica.
Pero sigue siendo una ventana. Y cuando llevamos mucho tiempo mirando a través de ella, podemos acabar creyendo que el paisaje es exactamente igual que el marco.
Todos los profesores estamos sesgados
Esto sucede en todas las escuelas. Y sucede también con todos los profesores. Todos los profesores estamos sesgados. Lo estaba Iyengar. Lo estaba Swami Vishnudevananda. Lo estaba Pattabhi Jois. Lo estaba cualquier maestro al que podamos admirar. Y, por supuesto, también lo estoy yo.
Cuando digo que un profesor está sesgado no estoy diciendo que sea deshonesto, que esté equivocado o que no sepa de lo que habla. Un sesgo es simplemente una dirección desde la que miramos. Todos hablamos desde nuestra formación, desde nuestras experiencias, desde nuestros maestros, desde nuestro cuerpo, desde nuestros aciertos y desde nuestras heridas.
También hablamos desde la época en la que vivimos. Un maestro que enseñaba Yoga en la India de 1920 no se enfrentaba al mismo mundo que una profesora que enseña hoy en Madrid, Málaga, Buenos Aires o Ciudad de México. No tenía delante a alumnos que pasan ocho horas sentados frente a un ordenador, que llegan a clase después de conducir, que han visto cientos de vídeos en internet y que pueden comparar en una tarde seis maneras diferentes de hacer Trikonasana. Su manera de enseñar obedecía a su momento. La nuestra también.
Yo vivo en España en 2026. Tengo una edad, una formación, un cuerpo, una historia y una manera de entender el mundo. Aunque intente observar mis propios sesgos, esos sesgos siguen estando ahí. La cuestión no es convertirnos en personas sin sesgos. Eso es imposible. La cuestión es hacerlos cada vez más conscientes y ampliar el lugar desde el que miramos.
No es «quién tiene razón», es «en qué estoy sesgado yo»
Por eso me interesa estudiar lo que hacen otras escuelas. No para decidir rápidamente quién tiene razón y quién está equivocado, ni para construir una mezcla indiscriminada en la que todo dé igual. Me interesa porque cada forma de Yoga puede mostrarme algo que desde mi ventana no estaba viendo.
Hay personas que se acercan a otra escuela como quien se acerca a un enemigo. «Nosotros hacemos esto bien, ellos lo hacen mal; nosotros respetamos la tradición, ellos han deformado el Yoga». Y entonces el aprendizaje se convierte en una defensa de la identidad. Ya no practicamos para descubrir: practicamos para confirmar lo que ya pensamos.
Y esto no pasa solo en el Yoga. Pasa en política, en religión, en nutrición, en medicina. Nos identificamos con un grupo y, a partir de ahí, parece que tenemos que aceptar todo lo que dice el nuestro y rechazar todo lo que viene del contrario. Pero una idea no es verdadera o falsa dependiendo de quién la pronuncie. Y una acción en una postura no es correcta o incorrecta solo porque pertenezca a una escuela concreta.
A mí me sabe a poco que alguien me diga: «en mi escuela se hace así». Necesito algo más. ¿Por qué se hace así? ¿Qué intenta provocar esa acción? ¿Qué ocurre en el cuerpo, en la respiración, en la atención? ¿Cómo queda la persona después de practicarlo? Esas preguntas me parecen mucho más interesantes que quién lo enseñó primero o a qué tradición pertenece.
Y aquí está la pregunta sana, la que de verdad nos hace crecer. No es «¿quién tiene razón?». Es «¿en qué estoy sesgado yo?». Porque el sesgo no se quita —vivimos donde vivimos, nos criamos como nos criamos—, pero se puede ampliar.
Respetar una enseñanza es entrar en conversación con ella
Yo adoro a Sivananda. Le tengo un enorme respeto y, de hecho, es uno de los maestros a los que he dedicado un capítulo de El libro del Yogi. Pero eso no significa que me guste todo lo que se hace dentro de su metodología. Hay elementos de sus secuencias que no comprendo o que, desde mi experiencia, no me resultan adecuados. Y poder decir esto no disminuye mi respeto por él. Al contrario. Respetar de verdad una enseñanza no consiste en obedecerla sin pensar. Consiste en entrar en conversación con ella.
Me habría encantado poder sentarme con Swami Vishnudevananda y preguntarle: «¿por qué comienzas así las secuencias?». No para desafiarlo. No para decirle que yo sé más. Para escucharlo. Quizá me habría explicado algo que se me escapa. Quizá habría descubierto una intención energética, pedagógica o simbólica que yo no había comprendido. Y quizá, después de escucharlo, seguiría sin gustarme esa manera de secuenciar. Pero mi comprensión sería más amplia. Eso es aprender.
Satélites o núcleo
Aprender no es ir colocando pequeñas islas alrededor de lo que ya sabemos. Ahora sé un poco de Iyengar, ahora un poco de Ashtanga, ahora un poco de Sivananda, ahora un poco de Yoga restaurativo, ahora un poco de biomecánica. Y al final tenemos muchos satélites flotando, pero ninguna comprensión profunda que los una.
Aprender debería ensanchar el territorio. Lo nuevo tendría que modificar, completar o matizar lo que ya sabemos. No se trata de saber esto más esto más esto. Se trata de permitir que cada nueva experiencia haga más grande nuestra manera de entender el Yoga. El que acumula tiene un montón de cosas sueltas que no sabe cómo encajan. El que amplía tiene una sola cosa —su Yoga— cada vez más grande.
El peligro del otro extremo: no es que «todo valga»
Pero aquí aparece una dificultad. Cuando dejamos de obedecer ciegamente a una escuela, podemos caer en el extremo contrario. Podemos pensar que entonces todo vale. Que cualquier cosa que sintamos es correcta. Que no hace falta estudiar, ni técnica, que cada uno inventa su Yoga según le apetezca ese día.
Y tampoco estoy diciendo eso. Mi discurso no es «haz lo que te dé la gana». Mi discurso es: tengamos una dirección, una formación, un criterio y una práctica profunda, pero no nos cerremos en banda. La libertad sin criterio se convierte en confusión. Pero el criterio sin libertad se convierte en dogma. Necesitamos las dos cosas: una estructura suficientemente firme para sostenernos y suficientemente flexible para no encerrarnos.
La práctica como laboratorio: «¿cómo estoy después?»
Y para eso hace falta algo fundamental: convertir la práctica en nuestro laboratorio. No basta con que una idea nos parezca lógica. No basta con que la haya dicho un profesor famoso. No basta con que aparezca escrita en un libro. Tenemos que practicarla. Tenemos que sentir qué produce, cómo responde nuestro cuerpo, cómo se comporta nuestra respiración y cómo queda nuestro sistema nervioso.
A veces alguien me dice: «yo he aprendido que primero deben hacerse todas las posturas sentadas y después todas las de pie. Pero en tus clases a veces estamos de pie, luego nos sentamos, volvemos a levantarnos y después hacemos una torsión». Entonces yo pregunto: «¿y cómo te encuentras después de la clase?». Y muchas veces la respuesta es: «muy bien». Entonces, ¿dónde está exactamente el problema?
El problema no está en la experiencia. Está en que la experiencia ha contradicho una idea que teníamos en la cabeza. La duda era intelectual. Y las dudas intelectuales pueden ser muy interesantes, pero no deberían tener siempre más autoridad que la experiencia directa. Ya lo decía Iyengar: no me hagáis preguntas intelectuales.
Ojo, esto no significa que, si algo nos sienta bien una vez, ya sea automáticamente correcto. Hay cosas agradables a corto plazo que no convienen a largo plazo. Por eso necesitamos conocimiento, observación, repetición y prudencia. Pero tampoco podemos ignorar sistemáticamente lo que experimentamos solo para proteger una norma que nos enseñaron hace veinte años. El cuerpo también sabe cosas. La respiración sabe cosas. El estado en el que quedamos después de una práctica sabe cosas.
Por eso una de las preguntas más importantes que podemos hacernos es «¿cómo estoy después?». No solo qué postura he conseguido, ni hasta dónde he llegado, ni si he cumplido el protocolo. ¿Cómo estoy? ¿Cómo respiro? ¿Cómo siento el cuerpo? ¿Estoy más presente o más disperso? ¿Agitado o en calma? ¿Qué ha sucedido en Savasana?
Aquella alumna decía que algunas clases nuevas no le producían la misma sensación de introspección durante la práctica. Y la pregunta que surgió fue: «¿y cómo es Savasana después?». Porque quizá la práctica no tiene que ser introspectiva en cada segundo. Quizá una clase puede exigirnos atención, acción, precisión, fuerza o coordinación y, al terminar, conducirnos a una Savasana especialmente profunda. No podemos juzgar una secuencia solo por lo que sucede en una postura aislada. Tenemos que contemplar el recorrido completo.
Primer ejemplo en la esterilla: los soportes
Esto del recorrido completo se ve clarísimo en la esterilla. Y os traigo tres ejemplos, porque cada uno enseña la misma idea desde un sitio distinto.
El primero, los soportes. La manta, el ladrillo, el cinturón, la silla. Aquí el sesgo se ve clarísimo, y encima en las dos direcciones. Por un lado, hay gente que está en contra de los soportes por principio, como concepto. Y eso, siendo sincero, es un sesgo que se nos ha ido de las manos. Es como estar en contra de un vaso de agua. ¿Por qué no ayudarnos de algo si nos sirve? Pero, ojo, por el otro lado está el error contrario: volvernos dependientes, necesitar cinco soportes para cada postura. Yo, en mis secuencias, uso lo mínimo. A veces una sola manta. Y lo hago por dos razones concretas: primero, porque no todo el mundo tiene material en casa; y segundo, para no crear dependencia. De hecho, muchas veces practico sentado en una silla de jardín normal y corriente, sin sacar ni la silla de Yoga.
El mismo objeto puede servir para descansar o para despertar. ¿Veis por dónde voy? El criterio nunca es «soportes sí» o «soportes no». El criterio es: ¿para qué, y me sirve ahora? El mismo cinturón puede ser un tesoro o una muleta, según cómo lo uses y en qué momento estés. Y si enseñas, ahí tienes la misma disyuntiva: ofrece el soporte cuando abra una puerta, y retíralo cuando ya solo tape una carencia. Ni negarlo por principio, ni convertirlo en dependencia.
Segundo ejemplo: el protocolo
El segundo, el protocolo. Y aquí el sesgo se disfraza de norma, que es más difícil de detectar. Os cuento dos cosas, una del Yoga y otra de la vida, porque es lo mismo.
La del Yoga. Cuando me estaba preparando para un examen de profesor, nos habían enseñado una entrada muy concreta en Parsvottanasana: colocar las piernas, orientar los pies, girar la pelvis, llevar el tronco, situar los brazos, todo en un orden determinado. Y pocos días antes del examen, el formador nos dijo que olvidáramos aquella entrada, que había que hacerlo de otra forma porque, según él, «se podía liar». Y yo pensaba: ¿qué es exactamente lo que puede liarse? Una cosa es que una manera de entrar proteja mejor una articulación o ayude a comprender la postura. Y otra muy distinta es creer que la postura deja de ser correcta porque hemos colocado primero las manos, o porque hemos hecho un gesto en otro orden. Si te acuerdas de Iyengar en los vídeos antiguos, muchas veces simplemente entraba en la postura, sin ceremonia, sin reproducir todos los pasos que después se convirtieron en norma. Y era Iyengar. Los pasos están al servicio de la postura. La postura no está al servicio de los pasos.
Y la de la vida, que la contaba en la tutoría y os la traigo porque es la misma lección. En plena pandemia entré a una tienda por la puerta equivocada —habían puesto una para entrar y otra para salir—. Ya había dado tres pasos dentro cuando viene un señor de seguridad y me dice que no puedo entrar por ahí, que salga y entre por la otra. Y yo le digo: «pero si ya estoy dentro». Y él: «ya, pero tiene que entrar por la otra». Y me hizo salir a la calle y volver a entrar. Habiendo estado ya dentro.
¿Veis lo absurdo? La norma tenía todo el sentido para lo que fue creada: controlar el flujo, mantener distancias, evitar aglomeraciones. Pero en ese momento no había ninguna aglomeración que ordenar ni ningún peligro que evitar. La norma seguía existiendo, pero su sentido había desaparecido. Y en el Yoga pasa exactamente igual. Podemos hacer salir al cuerpo de una postura para volver a entrar «por la puerta correcta». Podemos deshacer algo que ya está funcionando solo porque no hemos seguido el orden establecido. Y entonces la metodología deja de servir al Yoga: el Yoga empieza a servir a la metodología. El trabajo del que practica —y sobre todo del que enseña— es distinguir la norma que protege la esencia de la que seguimos por pura inercia. Preguntarse siempre: esta norma que estoy siguiendo, ¿sigue cumpliendo su función, o la sigo porque sí?
Tercer ejemplo: la contrapostura
El tercero es precioso, porque es un sesgo heredado que casi todos arrastramos sin cuestionar: la idea de que toda postura necesita su contrapostura inmediata. Que si haces una extensión hacia atrás, tienes que meter enseguida un recogimiento hacia delante para «compensar». Postura contra postura, todo el rato.
Dejadme que os lo explique como lo explico siempre. ¿Sabéis ese alambrito con plástico que cierra las bolsas del pan de molde? Cogedlo y dobladlo hacia un lado, y luego hacia el otro, y luego otra vez. ¿Cuántas veces aguanta antes de romperse? Dos, tres, cuatro. Pues ese es nuestro sistema nervioso cuando lo llevamos de un extremo al otro sin descanso. Hacer una postura y su contraria de golpe, una y otra vez, no equilibra: agota. Y si os vais a cualquier tratado serio de biomecánica, a un Kapandji por ejemplo, eso de la contrapostura inmediata no se sostiene por ningún lado. No tiene base.
¿Qué sí tiene sentido? Equilibrar, pero con inteligencia y con tiempo. Si en una clase hemos hecho muchas extensiones hacia delante, al final de la sesión metemos algo hacia atrás, tranquilo, pasivo o restaurativo, para equilibrar el sistema nervioso. O al revés. Y en el momento, en lugar de la postura opuesta total, un recogimiento sutil. Por eso Adho Mukha Svanasana se ha convertido casi en la postura estrella para descansar dentro de la práctica: no es un castigo compensatorio, es un lugar donde el cuerpo se reorganiza y sigue.
Hay escuelas que hacían una postura y Savasana, otra postura y Savasana, todo el rato. Y yo digo: mira, cuando tenga noventa y cinco años, a lo mejor lo necesito y lo haré encantado. Pero si tienes veinte y el cuerpo te responde, hazlo solo si lo necesitas, nunca porque te lo hayan dicho. Ese es el matiz que lo cambia todo, para el alumno y para el profesor: la contrapostura, el descanso, el soporte, no se ponen por norma. Se ponen porque este cuerpo, hoy, los pide.
El método también tiene que recibir al cuerpo
Y aquí aparece otro aspecto fundamental: el cuerpo y la vida cambian.
Aquella alumna contaba cómo había tenido que modificar profundamente su práctica a lo largo de los años. En un momento pudo seguir una metodología fuerte, precisa y exigente. Más adelante, por motivos de salud, necesitó acercarse al Yoga restaurativo. Después pudo recuperar parte de su práctica anterior. Y más tarde una lesión volvió a obligarla a adaptar lo que hacía. Su práctica no había sido siempre la misma porque ella tampoco había sido siempre la misma.
Y decía algo muy importante: si hubiera creído que solo existía una manera válida de practicar Yoga, seguramente habría dejado de practicar. Habría pensado «como ya no puedo hacer aquel Yoga, no puedo hacer Yoga». Sin embargo, al conocer otras posibilidades, pudo seguir vinculada a la esencia de la práctica.
Esto nos recuerda que adaptar el Yoga no es alejarse del Yoga. Muchas veces, adaptar es precisamente lo que nos permite permanecer cerca. Una práctica que no puede acompañarnos cuando envejecemos, enfermamos, nos lesionamos, atravesamos una operación o vivimos un periodo de agotamiento es una práctica demasiado pequeña. No es el cuerpo el que debe caber siempre dentro del método. El método también tiene que aprender a recibir al cuerpo.
Eso es lo que está en juego. Ampliar lo que sabemos no es turismo intelectual: es lo que nos permite seguir practicando toda una vida, en cualquier estación del cuerpo. El que solo sabe un Yoga practica mientras ese Yoga le sirve. El que ha ensanchado su núcleo sigue practicando pase lo que pase, porque siempre encuentra una forma. Y esa capacidad de seguir es, para mí, casi lo más valioso que nos da todo esto.
Y no afecta solo a las lesiones. Afecta a cada momento vital. No necesitamos la misma práctica a los veinte años que a los cincuenta. No necesitamos lo mismo en una época de mucha actividad que durante un duelo. No necesitamos lo mismo por la mañana que después de un día agotador. Hay días en que una instrucción intensa nos despierta; hay días en que necesitamos silencio. La madurez en la práctica consiste, en parte, en aprender a distinguirlo. No en hacer siempre lo mismo, tampoco en cambiar continuamente. En distinguir.
Ver más dentro de la postura que ya conocemos
Por eso las clases para principiantes pueden ser valiosas incluso para alguien que lleva muchos años practicando. Volver a las bases no significa retroceder. A veces significa recuperar detalles que se habían ido diluyendo. Una persona puede llegar con facilidad hasta el suelo en una flexión hacia delante y, sin embargo, haberse perdido todo lo que sucede antes de tocar el suelo. Puede llegar muy lejos y sentir muy poco.
Por eso a veces digo: «ya sé que puedes llegar abajo, ya sé que puedes coger el pie, ya sé que puedes juntar la cabeza con la pierna… pero ¿qué te estás perdiendo por querer llegar?». Puede haber una práctica mucho más profunda quedándonos a mitad del recorrido, observando una acción en los pies, una dirección en la pelvis, una amplitud en la espalda, una modificación en la respiración. El aprendizaje no siempre consiste en avanzar hacia una postura más difícil. A veces consiste en ver más dentro de la postura que ya conocemos.
Demasiado que aprender: profundidad primero
Y esto nos lleva a la última parte. Vivimos en una época con acceso a una cantidad inmensa de información. Podemos estudiar asana, pranayama, meditación, filosofía, anatomía, biomecánica, secuenciación, sistema nervioso… Esto es una enorme fortuna. Pero también puede convertirse en una dificultad, porque la abundancia de posibilidades produce dispersión.
Entramos en una escuela online, vemos todo lo que hay y pensamos: «quiero hacer el curso de biomecánica». Pero entonces descubrimos el de anatomía. Después aparece uno de meditación. Luego una clase sobre el cuello, después un monográfico sobre los hombros. Y queremos hacerlo todo. Es comprensible. El problema es que tener acceso a muchos contenidos no significa estar aprendiendo mucho. Podemos consumir una enorme cantidad de información y no integrar prácticamente nada.
Aprender necesita tiempo. Necesita repetición. Necesita permanecer suficientemente cerca de una idea para que empiece a formar parte de nosotros. Es como Netflix: no puedes entrar y vértelo todo. Es imposible. Elige. Y es un libro de estudio, no una novela: no puedes leer cuatro a la vez si de verdad quieres profundizar. Coges uno, lo trabajas, y luego vas a por el siguiente.
Podemos imaginar dos maneras de recorrer una escuela. Una horizontal: ir tocando muchas cosas, una clase de aquí, una lección de allá, un curso y luego otro. Es enriquecedora, nos permite explorar y adaptar la práctica a cada día. Pero también necesitamos un aprendizaje vertical: elegir una dirección y profundizar. Decir «durante los próximos meses voy a estudiar biomecánica». O «voy a repetir las primeras clases para reconstruir mis bases». O «voy a trabajar el cuello y la cintura escapular con continuidad». Y permanecer ahí. No de forma rígida —podemos seguir haciendo otras cosas—, pero que haya un hilo principal, algo que dé continuidad a nuestro aprendizaje.
Y si lo que echas en falta es precisamente ese hilo principal —un camino con dirección y acompañamiento—, para eso está el Curso de Yoga para Gente Normal.
Elegir algo implica dejar momentáneamente otras cosas sin elegir. Y eso no significa perderlas: significa dar a una de ellas la oportunidad de transformarnos. Profundidad primero; amplitud después.
Porque el Yoga no se amplía solo añadiendo más cosas. Se amplía cuando lo que aprendemos se relaciona con lo que ya sabemos, modifica nuestra manera de practicar y termina apareciendo de forma natural cuando nos ponemos sobre la esterilla.
Una pequeña Sadhana
Por eso me gustaría terminar proponiéndote una pequeña Sadhana.
Piensa en una norma de Yoga que consideres verdadera. Una sola. Puede ser una idea sobre cómo secuenciar, cómo respirar, cómo entrar en una postura, cómo usar un soporte o cómo debe ser una práctica «correcta». Y pregúntate: ¿de dónde viene esta idea? ¿Quién me la enseñó? ¿Qué función intentaba cumplir? ¿La he comprobado en mi práctica? ¿Qué sucede cuando la aplico? ¿Sigue siendo útil en mi cuerpo y en mi momento actual?
No se trata de rechazarla. Tampoco de buscar rápidamente una alternativa. Solo observarla. Quizá descubras que esa norma contiene una sabiduría que nunca habías comprendido del todo. Quizá descubras que te sigue ayudando y decidas conservarla con más convicción. Quizá necesite un pequeño matiz. O quizá comprendas que llevas años entrando por una puerta concreta cuando delante de ti había otras dos puertas abiertas.
Y nada más por hoy. La próxima vez que aparezca la tentación de defender «tu» Yoga como el único bueno, o de agobiarte porque hay demasiado que aprender, acuérdate: no se trata de tener razón ni de abarcarlo todo. Se trata de ensanchar, poco a poco, lo que ya somos.
Si quieres seguir tirando de este hilo, tengo por ahí un episodio del podcast dedicado a los estilos y las escuelas de Yoga, donde cuento cómo, en el fondo, lo que cambia entre unas y otras es sobre todo la pedagogía: la manera de enseñar y de aprender. Te lo dejo enlazado, te vendrá bien para acompañar todo esto.
Espero que tengas más salud, que estés cerca de las personas que amas, y que te encuentres seguro y en paz.
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