Una mirada cariñosa hacia el interior


Hay una sensación que he disfrutado siempre en los viajes.

Cuando hacemos un viaje tenemos la posibilidad de disfrutar de nosotros mismos. Podemos saborearnos, vernos con amplitud, perspectiva y cariño.

Vernos a nosotros mismos mientras atravesamos el espacio de la mano del tiempo.

Es una sensación de solo ser, no hacer. Una interrupción a los ruidos. Una pausa de los miedos, inquietudes, e incluso de los aspiraciones y metas. Aunque lo bueno es que estas metas se pueden ver impulsadas por esta mirada al interior.

Cuando era pequeño viajábamos mi familia y yo de Madrid a la Coruña.

En aquellos tiempos, y no hace tanto, los viajes eran más largos y, en coche, te tirabas todo el día en la carretera. Con su pausa para estirar las piernas, su pausa para comer y, la experiencia misma, era muy gratificante.

Recuerdo que desde siempre esa sensación de plenitud me acompañaba cuando pensaba en la posibilidad de estar tantas horas conmigo mismo viajando: había conversaciones en familia, intercambiábamos opiniones y demás, pero básicamente eran horas para estar conmigo mismo.

Miraba por la ventana casi todo el viaje, solo estaba la creación y yo. Solos, mirándonos, disfrutando el uno del otro.

Es verdad que muchas veces tapamos los largos viajes con el rato de comer, el rato de contestar mensajes, el rato de leer un poco, de oír alguna canción o podcast y creo que está bien. A veces uno se agobia al enfrentarse a un largo viaje si va solo. Pero, en la mayoría de las ocasiones, es una oportunidad para conversar con nuestro yo más profundo. Es una meditación. Un abrazo. Un cogernos de la mano. Una oportunidad para estar. Para ser. Para encumbrarnos y tocar lo divino. Tú, el viaje, el tiempo. Nada más. Nada que hacer.

Uno de los viajes que hice por el interior de la India fue el que cubre la distancia entre Agra y Jodhpur. El trayecto eran 12 horas en tren y, la verdad, se me hizo corto, muy corto.

Efectivamente viajar a través la India en tren es toda una experiencia en sí misma: cada estación por la que pasas es un nuevo descubrimiento, cada parada una oportunidad de disfrutar de los viajeros que se suman al camino.

Y disfrutaba de la idiosincrasia de lo que sucedía en la estación, el tren y entre los pasajeros.

El valor que tiene para un occidental como yo es intrínseco pero, tras la primera hora o dos horas en las que estás disfrutando del simple hecho de viajar por la India en tren, el resto del viaje es hacia dentro. Hacia esa sensación de abrazo íntimo contigo mismo.

La meditación se asemeja mucho a este espacio: un lugar de encuentro, de sinceridad, de apertura y de cariño.

El abrazo con nuestro ser interior es la llamada de la verdad, de apartarnos de las preferencias que el ego potencia incontrolablemente y vernos cara a cara con la parte más divina de nosotros.

En ese espacio de escucha resuena la claridad de la verdad, la esencia del corazón y la realidad se muestra ante nosotros.

La sinceridad es la llave que nos abre las puertas al conocimiento más profundo. Nos sinceramos con aquello que es verdad si lo reconocemos y le damos el valor de seguirlo en nuestro corazón y nuestras acciones, pues es nuestro yo más real.

Las formas fijas de pensamiento desaparecen, las etiquetas desaparecen, y solo queda la esencia de lo divino, la materia vibrante de la que estamos hechos.

Rubin ‘Huracán ’Carter, boxeador que estuvo encarcelado injustamente durante casi 20 años y que dedicó su estancia en la cárcel a buscar en su interior, al verse atrapado en una celda exterior definió esta llegada a la libertad interior de una manera muy bella.

Dijo: para no vivir en esta celda en mi corazón, sólo viviré en mi mente y en mi espíritu, entonces ya no habrá Rubin y no habrá Carter, tan solo quedará el huracán y después de él, no hay nada más. Ya añadió: solo el amor me dará la libertad.

Por eso que me encantan los viajes, los largos viajes en los que me emociona tener un buen rato para estar con ese yo interior.

Descubrirlo en su más vibrante intimidad y que me cuente los secretos del universo que él nunca olvidó.

Con la llegada del verano, te animo a que en los viajes tengas esa cariñosa mirada hacia el interior.

Cuando hacemos un viaje tenemos la posibilidad de disfrutar de nosotros mismos. Podemos saborearnos, vernos con amplitud, perspectiva y cariño.

Vernos a nosotros mismos mientras atravesamos el espacio, de la mano del tiempo que se nos ha dado en esta vida, para alcanzar lo eterno.

Si te apetece compartir el viaje, nos vemos en el Curso de Yoga

Namasté

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