Lo que el reloj y tu profesor no pueden decirte


Om Namo Narayana, querido Sādhaka.

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Hay muchas maneras de medir una práctica de Yoga. Cuánto tiempo has practicado. Hasta dónde has llegado en una postura. Si hoy has podido hacer algo que ayer no podías. O incluso qué piensa de ti la persona que te está enseñando.

Y quizá uno de los aprendizajes más importantes de practicar durante mucho tiempo sea precisamente este: dejar de medir constantemente nuestra práctica desde fuera.

Porque no siempre una práctica más larga es una práctica mejor. No siempre llegar más lejos significa profundizar. Y no siempre hacer lo que espera tu profesor significa estar escuchando lo que necesitas.

Hoy quiero mirar tres de esas medidas. El tiempo que dura la práctica. Hasta dónde llegamos dentro de una postura. Y la mirada de quien nos enseña.

Las tres parecen decirnos si lo estamos haciendo bien. Y las tres, curiosamente, nos alejan un poco de lo único que puede decírnoslo de verdad.

Casi todo lo que voy a contarte hoy nació antes en las Cartas de práctica que escribo cada semana por email. Y lo que comparto ahí no suelo compartirlo en ningún otro sitio. Tienes el enlace aquí debajo.

La práctica mínima también cuenta

Hay días en los que pensar en practicar durante una hora parece demasiado. No tienes tiempo. No tienes energía. O simplemente no te apetece.

Y entonces aparece una idea bastante peligrosa: si no voy a practicar mucho, mejor no practico. Como si quince o veinte minutos no contaran. Como si extender la esterilla solo tuviera sentido cuando podemos hacer todo lo que habíamos imaginado.

Fíjate en lo que está pasando ahí. Estamos midiendo la práctica con un reloj. Y decidiendo si merece la pena antes incluso de haber empezado.

Pero la práctica mínima también cuenta. Y a veces cuenta muchísimo.

Quizá esos veinte minutos no transformen tu cuerpo de un día para otro. Pero pueden cambiar cómo terminas el día. Pueden devolverte a la respiración. Mover una zona que llevaba horas quieta. O simplemente recordarte que ese lugar sigue ahí.

No necesitas recuperar mañana lo que no hiciste hoy. Ni compensar. Ni castigarte porque esta semana hayas practicado menos.

Puedes hacer algo pequeño. Veinte minutos de Āsanas. Un rato de movilidad. Sentarte en silencio. Leer unas páginas despacio.

Hay prácticas largas que apenas nos tocan. Y prácticas pequeñas que llegan exactamente donde tenían que llegar.

Quizá lo importante no sea cuánto haces cada vez. Sino seguir presentándote.

Permite que se estire

Y esta necesidad de medir también aparece dentro de las posturas.

Entramos. Ajustamos el cuerpo. Encontramos una dirección. Y cuando ya está todo más o menos colocado… seguimos empujando. Seguimos tirando. Seguimos intentando llegar un poco más lejos. Como si dejar de hacer significara dejar de practicar.

Pero quizá no necesites seguir estirando. Quizá necesites permitir que se estire.

La diferencia parece pequeña. Pero cambia bastante la forma de practicar.

Primero haces lo necesario. Organizas. Ajustas. Das una dirección. Y después… escuchas.

El cuerpo necesita tiempo. Tiempo para entender lo que le propones. Tiempo para soltar una resistencia. Tiempo para que la respiración entre en lugares en los que al principio apenas encontraba espacio.

No todo consiste en conquistar una amplitud mayor. También consiste en reconocer cuándo debemos actuar… y cuándo debemos dejar de interferir.

Ajusta lo necesario. Da una dirección. Y después escucha.

Aprender a escucharnos también se practica.

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No practiques para tu profesor

Y existe otra medida todavía más difícil de reconocer. La mirada de quien nos enseña.

A veces permanecemos unos segundos más en una postura para que el profesor vea que podemos. Aguantamos una posición que queremos dejar porque sentimos que salir antes significaría haber fallado. Buscamos una pequeña aprobación.

Y casi sin darnos cuenta dejamos de escuchar nuestra práctica para empezar a escuchar lo que imaginamos que esperan de nosotros.

La disciplina es importante. La exigencia también. Un buen profesor puede llevarte a lugares a los que quizá tú no habrías llegado solo. Puede ayudarte a atravesar una resistencia. Puede mostrarte posibilidades que todavía no conocías.

Pero hay una diferencia entre eso… y dejar de escucharte.

Tu profesor puede orientarte. Corregirte. Exigirte.

Prashant Iyengar dice que los tiempos que marca el profesor en una clase están bien, pero que habrá momentos en los que solamente tú puedes decidir si sales antes de una postura o te quedas en ella unos segundos más. Porque solo tú estás dentro de tu cuerpo.

No confundas disciplina con anulación. No confundas exigencia con sumisión.

Escucha a tu profesor. Pero no practiques para conseguir su aprobación.

El Yoga no debería alejarte de ti para acercarte a quien te enseña. Debería ayudarte a volver a ti.

Aprender a escuchar mejor

Y quizá ahí se encuentren estas tres cosas. No medir la práctica solamente por su duración. No medir una postura solamente por hasta dónde llegamos. No medirnos por la aprobación de quien nos enseña.

El reloj, la forma de la postura y la mirada del profesor pueden darnos información. Pero ninguno de ellos puede sustituir nuestra capacidad de escuchar.

Porque una Sādhana termina siendo algo bastante íntimo.

Podemos practicar de maneras muy diferentes. Con profesores distintos. Con cuerpos distintos. Con dudas distintas.

Pero todos conocemos ese gesto. Volver. A la esterilla. A la respiración. Al cuerpo. A nosotros mismos.

Quizá aprender a practicar tenga mucho que ver con eso. Con necesitar cada vez menos medidas externas para saber dónde estamos. Y con aprender, poco a poco, a escuchar mejor.

Y si algo de esto te ha resonado, quiero decirte de dónde sale. Sale de las Cartas de práctica que escribo cada semana por email. No son más contenido para acumular. Son esta misma conversación, un poco más despacio. Y lo que escribo ahí no suele salir a ningún otro lado.

Además, durante estas semanas voy a ir contando por ahí lo que empieza en octubre en CállateyhazYoga. Lo contaré primero allí. Tienes el enlace debajo.

Espero que tengas más salud, que estés cerca de las personas que amas, y que te encuentres seguro y en paz.

Namasté.

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